Cuando oímos hablar de lujo pensamos en productos caros, objetos a los que la mayoría de la población no tiene acceso. Cuando escuchamos hablar de artesanía la imagen que se forma en nuestras cabezas es la de alguien trabajando en un taller con sus manos, siempre con las manos. Como si las manos no necesitaran del pensamiento para ponerse en marcha.

En el prólogo de “El Artesano” Richard Sennet relata el encuentro entre Hannah Arendt y Robert Oppenheimer (alumno de la filósofa y padre de la bomba atómica) en el que ella ve que, por fin, Oppenheimer se había percatado de que, en general, las personas producen cosas sin comprender lo que hacen.

En el mismo libro, Sennet expone que el concepto de Artesanía, lejos de ser una actividad depreciada tras la Revolución Industrial, es un impulso humano, un deseo de hacer las cosas bien. Y viéndola así amplía la validez del término que ahora puede abarcar cualquier ocupación: programación informática, medicina, investigación... Explica que la recompensa emocional de la artesanía es doble ya que los artesanos se ocupan de una realidad tangible que moldean para poder sentirse orgullosos de su trabajo. Fue la evolución de la sociedad, hacia el consumo masivo, el que obstaculizó estas recompensas tanto en el pasado como en el presente, de manera que en diferentes momentos de la historia occidental la actividad práctica o artesanal fue degradada.

Superada la fase del consumo de masas, actualmente, el lujo se presenta como un deseo. Un deseo vendido como brillo, ostentación o grandilocuencia desde los medios de comunicación masivos: inmensas casas, joyas de brillos y tamaños descomunales, coches exclusivos... que presentan un lujo “oficial” basado en imaginarios inalcanzables que no tienen capacida de cohesionar ni de atravesar las fronteras del gusto (bueno o malo).

Pero más allá de este lujo ostentoso, está el verdadero lujo, aquel que sí puede crear un imaginario social sólido con el que identificarse. Un lujo creado de pequeñas cosas, de objetos que nos acompañan y con los que establecemos una relación especial porque expresan nuestras ideas y nuestras actitudes. Objetos que tienen una función porque conforman nuestra identidad y la exponen en la sociedad con la que interactuamos.

Y este lujo es posible, en parte, gracias a un trabajo artesanal entendido como labor intelectual en la que diseñadores y artesanos piensan las piezas desde el principio, las conciben para el público, para que quien la lleve o la posea comunique un concepto, un lugar en el mundo.

A estos creadores, es su cultura la que les permite transitar de lo local a lo global y elaborar el diálogo entre sus manos y las nuevas tecnologías. No hablamos, como dice Sennet, de trabajadores manuales usando herramientas en talleres; nos referimos a mujeres y hombres formados, capaces de vincular su trabajo a la expresión plástica, que juegan con la técnica y los materiales y, al mismo tiempo, están en la vanguardia de la creación. Son artistas cuya producción crece con el pensamiento y las colecciones, con los objetos, con los elementos que, nacidos de una reflexión, evolucionan con ella.

El trabajo de esta artesanía, además de sostenible, ético y solidario, crea un discurso personal en constante diálogo con los materiales y sus límites. El trabajo conceptual se une a las nuevas tecnologías en la búsqueda de colecciones no solo exclusivas o bonitas, sino conceptuales, únicas que a la vez cubren “la necesidad que empieza cuando acaban nuestras necesidades”, como dijo Coco Chanel.